Hoy no hablaré de mi almuerzo porque fue tan nulo que no merece ni una línea. Hablaré mejor de mi cena: comí ensalada de queso de cabra, tomé té de jamaica sin endulzante y lo mejor de todo: me tomé un café riquísimo SIN AZÚCAR NI SPLENDA. Mireille tenía razón: es la mejor forma de saborear lo delicioso que es el café, su verdadero sabor.
Pero lo realmente bueno de mi cena fue la compañía, y la guarnición de la compañía: una conversación sobre cómo dos mujeres que se conocen desde los cuatro años, ven la vida ahora que están en sus treinta.
El pousse café para a mí fue concluir lo siguiente: Una vez más confirmé que hay que saborearse la vida como si fuera el último trozo de torta de chocolate. De a poquito, no sólo porque se va a acabar, sino para poder apreciar todos los sabores que allí se concentran: lo dulce, el necesario toque amargo, el toque salado, el afrutado y hasta el toque picante (solo quien ha saboreado de verdad un trozo de chocolate oscuro sabe que todos esos sabores se pueden distinguir en un solo cuadrito) y luego está la variedad de texturas: lo suave, lo húmedo, lo crocante, lo esponjoso.
Hoy me saboreé la cena y me saboreé la conversa, y a pesar de que fue un día duro, valió la pena pasar por él para que pudiera cerrar así.